viernes, septiembre 15, 2006

Cuchitril (Parte 2)

Así con la macetas. Además una de las macetas venía rota.
Del techo de mi cuchitril empezaron a salir goteras y manchas verdes en la pared. Era época de lluvia. Agosto-septiembre. Me quejé como siempre. El reparador de los cuchitriles recibió, creo, que sólo media cubeta de impermeabilizante. Le señalé los lugares que consideré como los más perjudiciales. Quedaron unas manchas de rojo cavernoso por la azotea, parecía una pintura bonita; luego colocó encima de las manchas un plástico para que no las jodiera la lluvia. Y yo, por mi parte, compré silicón y lo embarré en las partes de donde salían las goteras que ya formaban unas grietas con sus estalactitas.
Cada vez que regresaba de la escuela o de algún otro lugar lo hacía en metro; metro Tacubaya es un maldito laberinto si es que se quiere salir por alguna de las veinte salidas en específico. Llegaba por fin a mi salida y me compraba una empanada de atún o de rajas. Entraba a mi casa, me sentaba en la mesa mirando hacia la ventana y me comía mi empanada. En ese tiempo no tenía ni tele. Podía leer bastante, escuchar la radio y usar una pc horrible en la que veía a veces un disco de chicas desnudas. El disco incluía un juego de memoria en el que si adivinabas las piezas que tenías que adivinar salía un video de la chava principal; y entre más rápido lo adivinaba más duraba el video y podía gozar de mayor profundidad del contenido.
Una mañana bajé por todas las escaleras de mi edificito y encontré el vidrio de la puerta de la calle roto, habían aventado una piedra, quedó la forma de una estrella; me gustó como quedó.
La renta la pagaba en un HSBC, siempre había dificultades porque fallaba el número de cuenta o el nombre. La vieja esa de la casera tenía varias cuentas a nombres distintos. Fallaba uno, le hablaba para avisarle que no entraba el número de cuenta. "Ay, a ver, prueba con esto", me decía. Fallaba. De nuevo y hasta que por fin entraba. Claro, mientras tanto, yo me gastaba mi tarjeta de teléfono. El segundo o el tercer mes decidí ir a su casa para pagarle. Llegué a donde vivía, casi sobre Félix Cuevas, a una cuadra del nuevo wal mart; me paré frente al elevador que se abrió y me encontré a la hija de la pedorra. Me saludó tímida y con pena. Ya la había visto cuando firmamos el contrato que se compra en una papelería y se había portado desenvuelta. Luego me dijo: "Te está esperando". Con una mirada como si yo fuera a hacer algo inmoral. Nos despedimos y subí. No entendí su actitud. Le toqué el timbre a la vieja gorda que me abrió contentísima, pintada, perfumada; parecía que flotaba un poco al caminar, parecía un hipopótamo sexy de las caricaturas. Me presumió varias veces su escotazo con sus tetotas. Ahí entendí a la hija en el elevador. A lo mejor ya se había echado a algunos inquilinos y la hija lo sabía. Le pagué a la gorda que se sentó junto a mí en el sillón. Le pedí un recibo, me lo dio y salí corriendo.

Duré unos dos o tres meses más ahí. Luego mi madre llegó a visitarme y me dijo que me saliera de ese lugar, que como podía vivir de esa manera, etc. Me consiguió un lugar mejor donde vivir y me salí.

5 comentarios:

Abominable Mario Flores dijo...

Goei, tu post fue el highlight de mi día en la oficina.

Qué bonito contaste lo del cd de las chicas sin ropa, haces que una actividad cochinona y chaquetera te haga lucir romántico y sentimental.

Deberías ser publicista.

Abominable Mario Flores dijo...

Ah, se me olvidaba; yo también traigo bigote pero ni te emociones, que no es por tí, es por Pancho Villa.

Ahora podemos ser dos weyes de bigote que se ponen pedos y buscan pleito en las cantinas, un éxito en las fiestas!

Anónimo dijo...

Ruy, soy tu fan.

¡¡Escribe yaa!!

Ale.

bandala dijo...

Chale, conozco el rumbo por que vivía por ahí (más hacia la prepa 4). Pero sí, definitivamente el lugar estaba chacal. Bien por tus sopas.

Éek’: un inFame negro, feo i flaco iletrado i sin sentído... alguien más q no importa dijo...

jojo
saludos desde mi cuchitril, date una welta x aia
sta bien chido tu blogger
jojo