viernes, noviembre 06, 2009

Al final de mis veinte. Parte IV

Un día llegó un seňor a Le bisné y quería que le traspasara o capturara un texto de una página a word. Yo estaba algo de mal humor y cansado y le pregunté si no lo sabía hacer él. Me dijo que sí y lo senté frente a una de las computadoras, le dije que cualquier duda que me dijera. El seňor miró la pantalla, miró el teclado, suspiró y comenzó a teclear con dos dedos. Yo proseguí con lo que hacía antes de que el otro llegara, así estuvimos durante media hora más o menos. Se me había olvidado que ahí estaba el seňor y también se me había olvidado que yo estaba ahí, dejé de escuchar el pasar de los autos, de los camiones, de los tráilers, el ruido de la sirena de las ambulancias y de las patrullas. Me asomé a ver la pantalla del seňor y vi que apenas había escrito una línea, literal, sólo una. Pobre seňor, le dió pena decirme que la neta no sabía ni puta madre de word o de plano que apenas y sabía escribir su nombre. No sé, eso pensé. Entonces le dije, a ver seňor, yo se lo hago. Tomé la hoja que tenía con el texto que había que transcribir a la compu. Conforme escribía lo que leía me di cuenta que alguien había escrito esa carta por él y que era una carta dirigida a un juez o a algo por el estilo. Se describía en ella cómo su hijo, chavito, creo que tendría unos nueve o trece aňos, sufrió una taquicardia fuerte tras recibir una inyección de un químico que no debió recibir y que hasta el papá sabía que no era buena esa sustancia en las condiciones en las que se encontraba su hijo. Y que el doctor nunca se disculpó ni aceptó el error cuando era evidente la negligencia médica, etc. Todo esto pasó en el Centro médico de la esquina. Miré al seňor, le preguntaba a cada ratito por una letra casi inentendible y el seňor decía que no sabía. Lo incómodo era cuando se trataba de mejorar la redacción y preguntarle sobre la lógica de los hechos. Pero se veía tranquilo, meditativo, se detenía a ver los detalles en las paredes del local, las puertas corredizas de madera que había en medio y que dividían a las compus del cuarto donde se sacaban las fotos, el riel por donde psaban las puertas, los tornillos que sujetaban los rieles, el polvo y la pelusa que se acumulaba entre los rieles, un chicle pegado en el piso que alguna vez fue verde y que ya era todo negro. Lo miré cómo miraba, parecía estar y no estar, pude verlo durante todo ese tiempo sin que él ni se fijara que lo hacía. Me preguntaba a mí mismo por qué yo o cualquier otra persona como yo hacía esta transcripción, por qué no lo hizo un abogado, no sé, qué pasaba, qué era lo que estaba tan mal como para que sucediera un absurdo como éste. Seguí con la transcripción y se describía cómo le metieron otras inyecciones para normalizar el ritmo cardiaco, cómo trajeron la máquina para resucitar y cómo murió su hijo. En ese momento me detuve y se me pusieron llorosos los ojos. La fecha del suceso, apenas había sido dos o tres días anteriores a éste que cuento. Horrible, sí. Terminé la carta, se la guardé en su USB y se la imprimí. Me dio las gracias y antes de que se fuera no pude evitar preguntarle qué iba a hacer y me dijo con una profunda y tranquila resignación que lo que se pudiera.

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Ay Dios! A mi también me entró la chilladera, que terrible situación, esperaré tu próximo post. Saludos!


Mónica.

MACARIO dijo...

Tsss! Usted siempre tan Chejovino! Gran relato, pero aún no acaba, right?

Ruy Guka dijo...

Right, man.

Augusto dijo...

Gran post, men.

Marco dijo...

Esto fue real?